Mi entrada para el concierto fue comprada en pre-venta, lo que resulta mucho pedir si consideramos que estuve a casi nada de no ir. La razón era, nada más y nada menos, el deber de cuidar a Gala; iba dejando caer sobre mis hombros siglos y siglos de responsabilidad para ingresar en una especie de empíreo de gratitud maternal eterna que, a fin de cuentas, la perra nunca lograría racionalizar. Por tanto renuncié a tiempo, justo para la compra de las entradas. Otra madre recibiría loas mientras yo me resignaba a mi justa condición de hija.
El asunto es que, camino del concierto, pasaremos la noche en Valencia. El plan inicial implicaba un rápido retorno Caracas-Mérida, dejando obviamente de lado a mi ciudad natal. Pero otra vez el empíreo de eterna gratitud materna -y paterna- nos insta a quedarnos unos días en Valencia. Y eso nadie, absolutamente nadie sabe lo que implica para Chj ni para mí. Porque la verdad es que, fuera de la familia, la ciudad nos resulta cada vez más bizarra e insoportable. La última vez que estuvimos fue para regresar con un carro nuevo a casa, y los días se nos fueron en trámites y conversa. Eso es lo único que me gusta de Valencia, en verdad, ponernos al día: en mi casa me levanto temprano para meterme en la cama de mis papás, como si no hubiese pasado el tiempo en absoluto, y hablar y hablar y hablar en la penumbra hasta que decidimos que es tiempo de desayunar. Pero el resto del día, de las cosas… La penúltima vez que fuimos fue la peor de todas, y ya referí algo de eso en un post de esa época. Recuerdo que fue casi traumático porque sencillamente no logré ubicarme en la brújula que dirigía a la ciudad. Odié cada cambio como un niño pequeño odia desprenderse de sus juguetes, es decir, con malcriadez: la ciudad excesivamente poblada, desbordada de carros, el mismo sambil de siempre, dando vueltas sobre el mismo eje de tiendas y caras. Ya ni siquiera sirve para pasar el calor, pues el acondicionador no se da abasto. En las bombas de gasolina de Valencia la gente se reúne a hacer vida social con ese mismo tonito de gozo resignado con el que se reunía -reúne?- en las cuatro avenidas. Las mujeres visten una especie de moda texana/tropical (shorts con botas y zapatillas, lo mismo da siempre y cuando lleven un absurdo sombrero) mientras los hombres siguen siendo los mismos reguetoneros/punketos de siempre: franelas o camisas tres tallas menos, gomina en el pelo, muñequera de cuero, cinturón rockstar, jeanes desteñidos o con innumerables bolsillos, los obligados converses, en fin, el ajuar pull&bear obligatorio. ¡Oh inexplicable sincretismo valenciano! Hablo, claro está, de una ciudad que conozco porque la habité durante casi toda mi vida, y puedo afirmar simplemente que es una ciudad que carece de estilo; es genérica, cuadriculada y chata con misteriosas ínfulas de superioridad.
Un día un amigo mexicano me pidió una lista de cosas a las que podría ir en Valencia. Voy a pasar tres días en tu ciudad, me dice. Pienso que tres días no es mucho tiempo, que la cosa no es titánica tampoco y lo asumo con buena actitud. Me siento a pensar, papel en mano: en el ámbito cultural, es casi seguro que no hay nada. Hace años ya de la Valencia con orquesta sinfónica, y ni hablar de museos, galerías o afines. A menos que lo quisiera mandar al Ateneo desmantelado o a la Casa Paez. Y no, el centro de la ciudad es simplemente intolerable. No hay un casco histórico como tal, nunca lo hubo, pero ahora la plaza Bolívar se ufana de buhoneros y mendigos; el centro es zona roja, y creo que nadie de mi familia frecuenta la zona. A menos que mi amigo quisiera ir al Campo de Carabobo, absurda jornada para alguien como él, la ciudad no podía ofrecerle ningún rasgo histórico. Me fui a la noche y encontré un par de cosas, eso es innegable, pero tampoco le di seguridad alguna de que existieran, pues en Valencia los locales nocturnos, sean bares, discos o lounges, no duran más que un año o dos. De repente cambian de nombre, de muebles y de target, por lo que “el sitio de costumbre” es un eufemismo temporal. Pensé en lugares de la ciudad por donde podía transitar el mexicano con su cámara, atento a sorprender el alma de la ciudad en un gesto o en un rincón. Pues no se me ocurrió nada, salvo la Avenida Bolívar, que sigue siendo el eje, duélale a quien le duela, de esta alargada ciudad. Y bueno, tuve que decírselo: si quieres capturar el alma de la ciudad debes irte a la Av. Bolívar, donde encontrarás bancos y concesionarios de carros en su mayoría, más adelante la bomba con su ambiente social de tasca al aire libre, luego Mercanorte -donde verás como en un kaleidoscopio al arquetipo de la valenciana armada en maniquíes baratos- y Tijerazo -arquetipo de la casa valenciana- y sabrás como yo que esa, y no otra, es el alma de la ciudad. Creo que no me creyó del todo, hasta volver, claro, y darme la razón.
En mi casa el que solía ser mi cuarto de adolescencia, hace años que no lo es. Los perros de la casa de Chj murieron, y para los nuevos que los sustituyen somos una especie de visita. Una especie de visita extraña que aparece en las fotos de la casa, dirán los nuevos amigos de la familia. El trato con los amigos de siempre es distanciado, con la diplomacia que obliga el haber tenido un pasado común. Me siento extranjera en sus vidas y costumbres, con vergüenza de preguntar y de confirmar cosas, como si fuera una especie de dios omnisciente condenado a saberlo todo, pero resignado a no poder comunicarse. Así las conversaciones rondan una superficialidad que me enferma no por superficial, sino por lo que implica en medio de lazos que fueron tan profundos. Estoy resignada a esa diplomacia, y sé que las cosas deben cambiar, es lo más natural. Pero esos cambios no dejan de ser extraños. Tanto cambio no deja lugar siquiera a la nostalgia.
De esa penúltima visita nos trajimos a Gala. Ella también está condenada al gentilicio, a la no pertenencia, aunque no se percate de ello. En fin, fue lo mejor que pudo darnos la ciudad en estos tiempos de abandono.
February 9th, 2008 by maria.ines.ekman | Sin comentarios »